Palabras
Las palabras, por su libre uso, pueden ser propias o ajenas. Las encontramos formadas de grafías, sonidos o en los pensamientos de otros, y se convierten en nuestras cuando a la mente llegan para ser representadas o materializadas, luego, en forma de ideas.
Cuando escribimos o hablamos, las letras se alinean una a una como pequeños guerreros que formar batallones, para luego convertirse en un gran ejército que ataca sin piedad desde la imaginación de sus creadores.
Suelen ser nobles cuando se les usa para enamorar, y ayudan a los románticos sin remedio a conseguir la salvación. Su violencia no tiene límite cuando, para declarar la guerra, son usadas en un texto lleno de odio entre los humanos.
Las palabras son también religiosas. Conforman grandes libros que explican la verdad absoluta de los dioses; así, en plural. O pueden ser fantasiosas y pelean entre ellas convertidas en grandes guerreros de nombres milenarios perdidos en el tiempo.
Pueden ser tan breves como las ficciones que hablan sobre dinosaurios. Concretar el mejor sentimiento conocido por el hombre en cuatro letras, o explicar el fin de la vida en seis. Una sola de ellas puede denigrar o glorificar a la mujer y someter al hombre.
Las palabras, cada una de ellas con significado propio en diversas lenguas, ayudan a comprender el idioma que hablan sus hermanas. Sin embargo, en ocasiones su simple uso no nos ayuda a entender las marcadas divisiones entre ideologías.
Prepárate para conocer cada día, una vez por día, su correcta escritura y significado; no hay nada peor que hablar con ellas el lenguaje equivocado. Ámalas, a diario, con la intensidad de Shakespeare, la locura de Wilde, el desenfreno de Sade o la profundidad de Nietzsche o Kafka. Si eres bueno, el romance durará toda la vida.
Trátalas bien, no les hagas un desaire. Si inicias un libro, no claudiques hasta terminarlo. Pero, si por cualquier razón no puedes estar con ellas, ofréceles una disculpa y entrégate con mayor pasión la siguiente vez. Evita el frío contacto con ellas a través de la computadora y regresa al cálido roce de la tinta con la hoja; ellas lo agradecerán.
Las palabras, que no están quietas, siempre dan de qué hablar. Transgreden el tiempo, o más bien lo trascienden, y convierten a sus autores en inmortales, y porque no, en inmorales. Son fieles amantes y grandes compañeras, pero si se sienten traicionadas, seguro te abandonarán. Sin embargo, para nuestra fortuna, también saben perdonar…
Ahora lo sé...
Joel González

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